Viene la tarde excitada por Viena. Es 17 de noviembre de 1786 y noche de estreno en el Burgtheater, el Teatro de la Corte. El emperador, José II, famoso aficionado a la ópera, está, por supuesto, entre el público. En cartel, la ópera Una cosa rara, ossia Belleza ed Onestà, compuesta por el valenciano Vicente Martín y Soler -conocido en los ambientes musicales como Martini lo Spagnuolo– y con libreto del veneciano Lorenzo da Ponte.

Vicent Martin i SolerLa pareja viene de firmar hace unos meses la exitosa Il burbero di buon cuore, pero el ambiente está enrarecido, con algún cantante de la compañía revuelto, dicen, porque su amante mira mucho a lo Spagnuolo.

«El teatro estaba lleno de espectadores, en su mayor parte enemigos y dispuestos a silbar», recordará años después Da Ponte.

Pero… «Hallóse, empero, desde el comienzo de la representación tal gracia», prosigue el poeta veneciano, «tal dulzura, tal melodía en la música y tal novedad e interés en las palabras, que la audiencia parecía arrobada en un éxtasis de placer».

Fue un triunfo como el as de espadas, no ya esa noche, sino muchas otras. «Habríamos podido tener más aventuras amorosas de las que tuvieron todos los caballeros andantes de la Tabla Redonda en 20 años. No se hablaba sino de nosotros, no se alababa más que a nosotros. Invitaciones a paseos, comidas, cenas, partidas de campo, a pescar; billetitos almibarados, regalitos con versos enigmáticos… El españolito, a quien divertía muchísimo todo esto, se aprovechó de mil maneras…».

El pasaje está extraído de las hiperbólicas -y muy recomendables- Memorias de Da Ponte. Y con todo lo exagerado que pueda resultar, da medida del éxito que alcanzó en el último cuarto del siglo XVIII el español Vicente Martín y Soler.

Más objetivo es el juicio del musicólogo argentino Leonardo Waisman, uno de los principales estudiosos de Martín y Soler hoy: «Una cosa rara obtuvo un éxito fulminante, hasta el punto de despertar una moda de vestir “a la española” y una pequeña industria de estampas, abanicos y cadenas para relojes de bolsillo que prefigura el merchandising a la Walt Disney del siglo XX».

En la Viena de Mozart, Vicente Martín y Soler era el preferido del público, empezando por el emperador José II. Da Ponte, que también trabajó con el genio austriaco, ponía a los dos a la misma altura y por encima de todos los demás músicos instalados en Viena. Incluso el mismo Mozart reconoció su genio.

En 1787 el valenciano fue el segundo autor más representado en el Teatro de la Corte vienés sólo superado por Giovianni Paisiello. Dos años después, en 1789, Martín y Soler se consagraba como el compositor con más funciones en ese teatro, con 42 representaciones, seguido de Antonio Salieri (28) y Mozart (11).

EL OLVIDO

Aquel triunfador, sin embargo, acabó olvidado, en Austria como en España, y sólo recientemente se empieza a recuperar su nombre. Especialmente, desde el cumplimiento del 200 aniversario de su muerte.

Tanto el Instituto Valenciano de la Música como el Instituto Complutense de Ciencias Musicales llevan varios años recuperando sus partituras.

Desafortunadamente, como explica Giuseppe de Matteis, autor de la única biografía publicada de Martín y Soler, «sabemos muy poco de sus primeros años de vida». Apenas que entre los seis y los 15 años fue niño cantor en la catedral de Valencia, ciudad en la que había nacido en 1754. También que cuando tenía 21 años, en 1775, se estrenó en el palacio de San Ildefonso, en La Granja, su ópera Il tutore burlato.

Es a partir de 1777, año en el que llega a Nápoles con el apoyo del Príncipe de Asturias, el futuro Carlos IV, cuando se empiezan a conocer más detalles de su vida.

Bien conectado en la corte, comenzó a escribir óperas y ballets con Charles Lepicq, uno de los coreógrafos más reputados del momento. El apoyo real era absoluto. Hasta en dos ocasiones tuvo que intervenir el rey de Nápoles en su favor por varias deudas, una de las cuales le había llevado a prisión.

Martín y Soler, por su parte, llegó a invitar al monarca Fernando IV a participar en uno de los conciertos más espectaculares jamás celebrados. El 20 de julio de 1778, al aire libre, junto al puerto napolitano de Mergellina se unieron una orquesta y 20 cañones. En aquella sinfonia strepitosa, los cañones habían de ser disparados en salvas, siendo Fernando IV y el príncipe de Butera dos de los artilleros.

Pero fueron los años vieneses (1785-1788) el periodo dorado en la vida de Martín y Soler. Introducido por la mujer del embajador español, Isabel Parreño, no tardó en ganarse el favor del público austriaco.

TRIUNFADOR EN VIENA

Entonces vivía allí Mozart. «Había muy buena relación entre ellos», explica De Matteis. «Debían de tener un carácter parecido». Compartieron libretista, el vividor Da Ponte, y Mozart llegó a homenajear al español en Don Giovanni al incluir un fragmento de Una cosa rara en un momento en que los protagonistas están escuchando las melodías de éxito del momento.

No hay constancia de un gesto similar de Martín y Soler, si bien Da Ponte relata en sus memorias un significativo episodio. El poeta estaba escribiendo el libreto de Las bodas de Fígaro con un encargo pendiente para el español. Martín y Soler quiso apremiarle para que le entregara su libreto, pero cuando supo que estaba con un guión para el austriaco accedió a que se retrasase, escribe Da Ponte, «por la estimación que por Mozart sentía».

En los gustos del público de la época, sin embargo, Mozart no fue rival para Martín y Soler.

«Sin duda», opina Waisman, «el austriaco es musicalmente más sutil y más complejo, más profundo que el español. Pero en la Viena en la que compitieron, Martín y Soler satisfizo las necesidades del público mucho mejor que Mozart. Su producción estaba dirigida a la multitud de amateurs mientras que la de Mozart atraía más a los escasos conocedores. En vista de los destinatarios de su arte, las óperas de Martín y Soler son poco menos que perfectas».

En el momento álgido de su carrera, tras los éxitos de Una cosa rara y su siguiente ópera, L’arbore di Diana, Martín y Soler recibió una de las distinciones más elevadas que podía recibir un compositor de la época: ser nombrado compositor de corte de la zarina Catalina II.

Con un sueldo de 30.000 rublos marchó a San Petersburgo en 1788. La acogida fue espectacular, pero lentamente, y sobre todo tras la muerte de Catalina, en 1796, su estrella comenzó a declinar. Pasó por Londres y volvió a Rusia, donde terminó dedicado a la enseñanza.

Mujeriego impenitente, se había casado muy joven con la cantante Olivia Masini. Tuvo un hijo, Federico, que hizo carrera como pianista en Rusia. Tuvo cierto éxito, aunque nunca como el padre.

Vicente Martín y Soler murió en San Petersburgo el 30 de enero de 1806 de una fiebre pituitaria catarral. Un deslucido broche para una vida deslumbrante.

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